Yo le pregunté al amor:
¿Qué edad tú tienes?
El amor me respondió: no soy joven ni viejo. No me ajusto a relojes, ni caduco en estaciones. Llego cuando encuentro espacio. Puedo habitar un primer encuentro o una segunda vida. No pregunto la edad del cuerpo, sino que observo la madurez del alma. Porque el alma, cuando ama, es siempre joven. Y así el amor continuó diciendo: tengo la edad del primer latido, y del último suspiro. Tengo la edad de tu primer asombro, cuando te sentiste vista por alguien como si el universo te nombrara. Y también la edad de tus cicatrices, de cada vez que amaste aunque doliera. No tengo años, tengo memorias que se repiten en cuerpos distintos, tengo encuentros que atraviesan siglos, tengo voces que no mueren, miradas que aún hablan desde otros tiempos. No me encierro en calendarios, me reconozco en los instantes en que un alma toca a otra y se queda. Así que, si aún quieres saber mi edad, búscala en tu pecho, en ese lugar donde me sentiste y volviste a creer. Ahí, donde renaces, esa es mi edad.