Ritmos
Te susurré al oído, apenas un hilo de voz, para que cerraras los ojos.
Mientras mis manos se perdían en tu pelo, despacio, sin apuro, respiré el perfume de tu cuello, como quien intenta guardar en la memoria algo que sabe irrepetible.
Tu respiración fue encontrando la mía. Dos ritmos que jamás se habían ensayado y, sin embargo, se reconocían. Y en ese encuentro, algo dentro de nosotros se aquietó, como si el mundo, por una vez, hubiera olvidado cómo girar.
Tu perfume, tu piel, la suavidad de tu barba rozando mi rostro… Todo era presencia. Todo era instante. No había ayer ni mañana, solo ese territorio invisible que se abría entre los dos.
Entonces te besé.
Despacio, recorriendo con mis labios los tuyos, dejando que nuestras bocas aprendieran el idioma secreto de la ternura, esa mezcla de asombro y reconocimiento de quien teme interrumpir el milagro de estar allí.
No había urgencia. Solo el deseo de descubrirte sin arrancarle al misterio sus respuestas, de dejar que la noche se abriera a su propio ritmo, sin pedirle al instante que fuera otra cosa.
Te acerqué hacia mí y encontré en tus piernas un lugar donde el tiempo parecía detenerse.
Quise recorrer el camino de tu cuerpo como quien atraviesa un paisaje desconocido.
Mi boca descendió lentamente, deteniéndose en cada frontera, mientras mis manos aprendían tu geografía, la delicada respuesta de tu piel, el lenguaje que tu cuerpo pronunciaba mucho antes que las palabras.
Te observaba con asombro, como si el deseo tuviera por primera vez una forma visible y yo pudiera contemplar su nacimiento.
Había en mí una fuerza incontenible, un impulso que venía de algún lugar anterior al pensamiento. Quería acercarme más, borrar la última distancia, sentir que no quedaba entre nosotros ninguna frontera que necesitara ser defendida.
Y entonces sucedió:
dejé de pensar.
Cerré los ojos y la oscuridad se volvió infinita. No era ausencia de luz, sino un cielo sin bordes, un universo desplegándose detrás de mis párpados.
Sentí que el corazón, con toda su inmensidad, por fin encontraba un lugar donde expandirse sin miedo.
De vez en cuando abría los ojos para mirarte.
Y allí estabas, también suspendido en ese infinito, con la mirada perdida en alguna parte donde ya no existían las explicaciones.
Extasiado. En pausa. Rendido al misterio.
No queríamos movernos. Queríamos dejar que aquello sucediera, que la inmensidad hiciera su trabajo, que nos mostrara el todo y la nada, el caos sagrado que habita en el centro de todas las cosas.
Escuchar nuestros corazones era más importante que cualquier movimiento. Sentir tu respiración dentro de la mía, la tuya encontrando refugio en mi pecho, era suficiente.
Te llevaba dentro de mí y, al mismo tiempo, sentía que algo de mí se había perdido para siempre en vos.
No como quien desaparece, sino como quien descubre que también puede existir fuera de sus propios límites.
Después, inevitablemente, los cuerpos reclamaron su lenguaje. El deseo volvió a encenderse, y comenzamos a movernos como si una música secreta hubiera empezado a sonar bajo nuestra piel.
Nadie guiaba. Nadie decidía. Éramos dos voluntades que dejaban de serlo, dos mareas aprendiendo a encontrarse, arrastradas por una corriente antigua que no necesitaba nombres.
Nos dejamos llevar, hechizados, hacia ese borde donde el placer deja de ser solamente cuerpo y se convierte en vértigo, en abandono, en una forma inexplicable de libertad.
Hasta que, de pronto, mi corazón pareció detenerse.
Un instante.
Un silencio absoluto en el centro de la tormenta.
Y entonces llegaron las mareas, con toda su fuerza, rompiendo dentro de mí las últimas orillas.
Cerré los ojos.
Hubo una luz blanca, inmensa, y después una paz que no se parecía a nada que conociera.
Por un segundo, no fui mujer, ni cuerpo, ni pensamiento.
Fui apenas conciencia, suspendida en un lugar sin tiempo, donde nada faltaba y nada necesitaba suceder.
A veces imagino que la muerte debe de parecerse a eso: un instante, un suspiro, la luz abriéndose paso por todas las grietas, y después, la invasión serena de una paz que ya no necesita explicaciones.
Y cuando regresé a la tierra, a tu cuerpo, a tu respiración, a la noche que seguía allí, comprendí algo que todavía no sé nombrar:
que existen encuentros en los que no hacemos el amor solamente con la piel, sino también con aquello que en nosotros no tiene forma.
Que a veces dos cuerpos se encuentran y, por un instante, el universo deja de ser inmenso porque cabe entero en el espacio que los separa.
Y que hay noches en las que tocar a alguien es apenas otra manera de rozar lo infinito.
Victoria Inaudi